35 Cazador de fantasmas

Título original: Ghost Hunter (#52).
Autor: Edward Packard.
Ilustrador: Ted Enik (portada de Bill Schmidt).
Fecha de publicación: 1987 (Original 1986).
Número de páginas: 117.
Número de fines: 20 (Buenos: 5 - Regulares: 12 - Malos: 3).

Sinopsis: Eres un joven detective privado que decide cambiar de profesión y dedicarse a cazar fantasmas.

Comentario personal: Este es uno de los pocos libros de entre los cincuenta primeros que no recuerdo haber leído nunca antes. Lo poco que sabía de él es que era una especie de secuela de ¿Quién mató a H. Thrombey? (pero que, como su título indicaba, tenía poco que ver) y que tenía una portada que no me gustaba nada, principalmente por la cara de panoli del muchacho. Y eso que todavía no existía (culturalmente hablando, se entiende) el bueno de Chris Martin.

Así que vamos a quitarnos de en medio lo obvio: sí, Cazador de fantasmas es una secuela del quinto libro de la colección, aunque desafortunadamente, a mi juicio, solo se vale del mismo para intentar aprovechar el tirón del decesado Harlowe Thrombey. Por lo menos hay que agradecer que su nombre no apareciera en el título de este libro a modo del más vil marketing, pero por otro lado, entonces, cabe preguntarse para qué demonios hacen que el protagonista de esta historia sea el mismo que resolvió el asesinato del magnate. El fantasma que buscas podría ser cualquier otro, la amiga que te ayuda podría ser cualquiera. No tiene mucho sentido empañar así el legado de un libro inigualable. Porque, y he aquí lo grave, Cazador de fantasmas no le llega ni a la suela de los zapatos.

Creo que la única cosa que puedo destacar como positiva de este libro es su estructura. En eso Edward Packard es un mago (no en vano es el creador de la colección) y queda demostrado una vez más: la disposición de las distintas ramificaciones es brillante, entrecruzando los caminos una y otra vez para conseguir (quizá con demasiado ahínco, todo sea dicho) lecturas considerablemente más largas. Así, en algunos momentos ya mediado el libro, mientras que una elección te lleva a un fin, otra puede llevarte casi al principio, coincidiendo con una elección anterior en una suerte de reinicio que toma unos derroteros completamente diferentes. Si bien es loable su capacidad de lograr esto, en muchas ocasiones resulta evidente que está estirando el chicle, y algunas de esas vueltas y revueltas están cogidas por los pelos o son demasiado forzadas. De hecho, incurre en alguna inconsistencia temporal -no demasiado relevante, supongo- por culpa de ello. Así que ni siquiera en este sentido puede considerarse algo realmente positivo, a fin de cuentas.

En cuanto al argumento en sí, veamos: un detective privado decide, de la noche a la mañana, convertirse en cazador de fantasmas. Una antigua amiga, también detective privado, decide exactamente lo mismo en exactamente el mismo momento. Ya tenemos dos cazadores de fantasmas surgidos de la nada. ¿Y eso qué es exactamente? ¿Cuál es el objetivo? ¿Cómo se convierte uno en cazador de fantasmas? ¿Cuándo se considera que has cazado un fantasma? Esto último es la causa de que este libro tenga tantos fines regulares. Sí, el protagonista (y a veces su amiga) se topan con el fantasma de Harlowe Thrombey, pero no puedo considerar bueno un fin solamente porque se haya dado un encuentro con él. En cierto modo, como sucedía con el yeti en El abominable hombre de las nieves, requeriría una especie de prueba para valorar un fin como bueno. Ver a un fantasma, salir corriendo y mantenerse vivo es muy poco para un fin. Y ese es el tema: este libro carece de objetivo, porque la idea original, en sí, es estúpida. Aun partiendo de la premisa de que los fantasmas existiesen (en este caso es así), no sé qué es ser cazador de fantasmas. Y Edward Packard, me parece, tampoco.

Lo que sí sabía el autor es que con un punto de partida tan flojo no iba a ninguna parte. Por eso tuvo que sacarse de la manga unos diamantes escondidos en la antigua mansión y que pertenecían a una sobrina de Jane, la viuda de Harlowe. Porque lo peor de este libro no es su planteamiento, sino su dispersión, provocada de hecho porque el tema principal no tiene ni pies ni cabeza. Así, en realidad la mayor parte del libro gira en torno a la búsqueda de dichos diamantes y al nuevo dueño de la casa, un capo mafioso que también los está buscando. El fantasma es solo una excusa y a fin de cuentas no aparece demasiado a menudo, dependiendo de la ramificación. Pero si de dispersión hablamos, hay una línea argumental con solo un par de finales completamente surrealista, que se nota que está puesta de relleno y que da vergüenza ajena, en el más estricto sentido de la expresión. Y hay otra, en una de las primeras elecciones, con apenas dos o tres fines y que claramente también es puro relleno.

En el apartado gráfico, siempre me ha parecido que Ted Enik dibuja a los personajes con un aspecto demasiado infantil. El hecho de que estos libros tuvieran un público adolescente no está reñido con que el protagonista pueda ser un adulto, o un joven de veintipocos, pero miro las ilustraciones del interior y lo que veo es un niño, cuando en este libro en concreto han pasado cinco años desde los hechos de ¿Quién mató a H. Thrombey? y por tanto el protagonista ha de tener más de veinte. Es innegable que Ted Enik dibuja con mucho detalle, pero hay demasiada distancia entre lo que se ve y lo que se lee, y eso desde luego no ayuda.

En definitiva, un libro que hace aguas por los cuatro costados, con un planteamiento absurdo, un desarrollo destartalado y mucho relleno, y que en parte salva el hecho de tener una estructura bien trabajada y que, después de todo, en realidad resulta relativamente entretenido.

Puntuación: 4'5.

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